En una cultura obsesionada con el progreso y la productividad, es fácil ver la vida como una línea recta —desde la infancia hasta la vejez, desde la primavera hasta el invierno— en la que cada etapa ofrece sus propias expectativas y presiones. Pero, tal y como comentan el obispo Gary Oliver y la Dra. Noemi Oliver en el último episodio de The Secret Place, nuestros viajes personales y espirituales están menos determinados por un avance lineal y más por ciclos recurrentes, muy similares a las estaciones del año.
El ciclo, no la flecha
Muchos de nosotros vemos nuestras vidas a través de una lente lineal: nacimiento, crecimiento, apogeo y declive. Sin embargo, como señaló el obispo Gary Oliver, «también tenemos estaciones constantemente. Hay un cambio constante... y puede ser anual. A veces siento que paso por diferentes estaciones en un solo día». La perspectiva bíblica esbozada en Eclesiastés —«todo tiene su estación, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su tiempo»— nos recuerda que el cambio no solo es inevitable, sino que es cíclico.
Reconocer la naturaleza repetitiva de nuestros estados espirituales y emocionales nos libera de la ilusión de la finalidad. Las frustraciones que experimentamos, la sensación de letargo o el estallido de energía creativa no son puntos finales, sino parte de un ciclo que vendrá, retrocederá y volverá. Al cambiar nuestra mentalidad, como destacó la Dra. Noemi Oliver, evitamos repetir patrones destructivos y, en cambio, desbloqueamos el crecimiento en cada vuelta del ciclo.
Primavera: cultivando la esperanza y los nuevos comienzos
La llegada de la primavera, tanto en el sentido natural como espiritual, está marcada por la anticipación y la vulnerabilidad. Es una estación «dedicada a la siembra», explicó la Dra. Noemi Oliver, «psicológicamente significa esperanza porque estás viendo algo que ahora está empezando a florecer». Se trata de algo más que la siembra literal de semillas: es el cultivo de la visión, las relaciones y las disciplinas que preparan el terreno para las cosechas futuras.
Sin embargo, la promesa de la primavera conlleva riesgos. Aferrarnos al pasado puede inhibir nuestra capacidad para embarcarnos en nuevos comienzos. Como afirmó la Dra. Noemi Oliver, «aferrarnos al pasado no nos permite avanzar hacia algo nuevo». La primavera, entonces, nos desafía a proteger nuestro suelo, a proteger nuestro terreno espiritual, emocional e intelectual de las distracciones y el desánimo, sabiendo que los pequeños comienzos (la espiga) preceden a los grandes avances (el maíz maduro en la mazorca).
Verano: El trabajo de la resistencia
El verano es la estación de la acción. El crecimiento se acelera, pero también lo hacen las adversidades. Es tentador huir cuando el progreso se estanca o los retos se intensifican, confundiendo la disciplina con el castigo. «La disciplina es fundamental en esta estación», advirtió la Dra. Noemi Oliver. «Es un momento para la disciplina, la resiliencia y la resistencia espiritual».
La Dra. Noemi Oliver y el obispo Gary Oliver destacaron que el fruto no es el único objetivo del verano, sino que también se trata de echar raíces, profundizar la confianza y transformar los hábitos. Aunque la cosecha aún no se ve, la perseverancia está dando forma al recipiente que algún día llevará peso. «La paciencia y la resistencia son lo mismo», explicó el obispo Gary Oliver. El reto no es solo trabajar, sino esperar y permitir que el crecimiento se profundice bajo la superficie, confiando en que la cosecha llegará a su debido tiempo.
Otoño e invierno: cosecha, reflexión y renovación
El otoño es sinónimo de recompensa y responsabilidad. El peso de la cosecha hace que el árbol se doble, lo que es señal de la sustancia formada a través de la lucha. «Cuando hay fruto, el árbol se dobla, hay peso», describió la Dra. Noemi Oliver. Esta temporada requiere discernimiento para distinguir el fruto duradero del crecimiento falso y nos prepara para utilizar nuestro aumento en beneficio de los demás.
El invierno, por su parte, suele parecer estéril, pero es una estación de descanso y reflexión. En lugar de considerar la latencia como una pérdida, se nos insta a considerarla como una preparación. Como señaló el obispo Gary Oliver, «no se ve nada por encima del suelo porque todo está sucediendo por debajo». Las raíces crecen más profundamente, las hojas viejas se descomponen y se convierten en nutrientes, y las lecciones aprendidas preparan el suelo para la próxima primavera. Saltarse una estación, advirtió la Dra. Noemi Oliver, es perderse la formación de sabiduría y paz que cada una ofrece.
Abrazando la constante eterna
Las estaciones cambian, los ciclos se repiten, pero los cimientos permanecen. En palabras del obispo Gary Oliver: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Él nunca cambia. Nunca se transforma». Al aceptar las estaciones, en lugar de luchar contra ellas, encontramos propósito, sabiduría y paz, que no se nutren de la ausencia de cambio, sino a través de él.